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Estamos a poco menos de tres meses de la elección general y la pregunta que todo el mundo se hace es si Donald Trump será el presidente número 45 de los Estados Unidos. La respuesta era una antes de las convenciones y otra después de las dos semanas que cambiaron la inercia en las campañas presidenciales. Trump llegó a Cleveland con una ruta clara hacia la Casa Blanca. El panorama se veía mucho más complicado para Hillary Clinton pero, desde que la demócrata aceptó la histórica nominación de su partido, las encuestas la colocan al frente de las preferencias electorales. ¿Qué cambió?

El peor enemigo de Donald Trump se llama Donald Trump

Cada vez que Trump se sale del guión, su campaña entra en crisis. No es lo mismo ganar una elección primaria en la que participan 28 millones de republicanos que una elección general en la que 130 millones de estadounidenses acuden a las urnas. Hemos visto cómo la base de Trump es fiel a su candidato pero, para ganar en noviembre el republicano necesita del voto independiente que según Gallup representa 42 por ciento del total del electorado. Cleveland era una oportunidad para consolidar la coalición blanca, adulta y enojada de Trump pero también lo era para mandar un mensaje a los indecisos que ven en el aspirante republicano a un cabo suelto. El equipo de Trump perdió esa oportunidad y con excepción de los debates en donde tendrá que compartir el escenario con Hillary Clinton, no volverán a tener una audiencia de ese tamaño a su disposición.

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Frente y detrás de las cámaras, la convención republicana mostró la desorganización, el aislamiento y los extremos a los que el candidato está dispuesto a llevar su campaña. Pensar que Donald Trump puede evolucionar para convertirse en una figura más disciplinada no sólo es pecar de ingenuos sino menospreciar el verdadero atractivo del candidato republicano. Trump quedó atrapado en la lógica que le ayudó a ganar las primarias: su triste espectáculo mantiene contenta a la base pero, lo aleja cada vez más de los indecisos.

Trump bajo la lupa

Nada puede preparar a un candidato para el nivel de escrutinio que recibirá durante una campaña presidencial. Las comparaciones con Schwarzenegger o Ventura son absurdas porque ninguno estuvo bajo la lupa de los medios nacionales con todos los recursos y el tiempo para verificar cada detalle en la vida del aspirante presidencial. En las primarias Trump gozaba del efecto teflón, todo se le resbalaba. Como dijo el candidato, “Podría dispararle a alguien en la quinta avenida [de Nueva York] y no perdería votantes”. El problema es que entre más tiempo pasa bajo los reflectores, más problemas se van acumulando y más se desgasta su imagen.

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Difícil entender la relación de Trump con los medios sin mencionar la crisis en la cadena Fox News, el bastión de la cultura conservadora en los Estados Unidos que justo en este momento se ve envuelta en la peor crisis de credibilidad y liderazgo en sus 20 años de existencia. El CEO de la cadena, Roger Alies, ha renunciado por acusaciones de acoso sexual mientras una investigación interna intenta determinar si utilizó recursos de la empresa para desprestigiar a sus enemigos. Trump tiene el apoyo de sus incondicionales como Sean Hannity y Bill O’Reilly pero perdió al más importante de todos, Roger Ailes. Este escándalo sumado a los continuos roses con la presentadora estrella de Fox News, Megan Kelly, podrían explicar por qué Trump está abajo en las encuestas entre las mujeres blancas con un título universitario, un segmento del electorado que los republicanos no han perdido en los últimos 68 años.

El veto que la campaña de Trump ha impuesto a organizaciones como Univision y The Washington Post solo contribuye a la noción de que el candidato carece del temperamento necesario para ser presidente y alimenta la crítica sobre su vocación antidemocrática. Ni siquiera los ratings favorecen a la estrella del reality “El Aprendiz” quien durante su nominación en Cleveland registró numeros de audiencia muy por debajo del show organizado por los demócratas en Filadelfia.

Hillary no es una blanca palomita

No, Hillary Clinton es un halcón. Esa es la reputación que se ha ganado en Washington. Reputación que le costó el rechazo de quienes no creen que sea una candidata lo suficientemente progresista pero, que en la coyuntura actual, le permite acercarse a los republicanos que simplemente no conciben la idea de que Trump tenga acceso a los códigos nucleares. Durante décadas los republicanos han contado con el voto de confianza de la comunidad de inteligencia y con la percepción de que manejan mejor todo lo relacionado a la seguridad del país. Esta semana 50 de los republicanos más experimentados en el tema firmaron una carta en la que aseguran que una presidencia Trump pondría en riesgo la seguridad nacional de los Estados Unidos.

Desde su convención en Filadelfia, los demócratas se han posicionado como el partido patriota y Clinton como la candidata con la personalidad necesaria para guiar al país en los tiempos de ISIS, a pesar de las críticas sobre el manejo de la crisis en Benghazi, Libia. Por lo pronto, la primera mujer en recibir la nominación demócrata a la presidencia tiene el respaldo de 7 de las 10 figuras políticas más populares del país, una alineación que ha hecho maravillas para su campaña, especialmente durante la convención en Filadelfia y que encabezan el Presidente Barack Obama, la Primera Dama Michelle Obama y el consentido de la izquierda Bernie Sanders.

El mapa electoral

La estrategia republicana busca poner en juego los estados del llamado cinturón oxidado — entidades del noreste y medio oeste caracterizadas por industrias en declive en donde la población más joven huye cuando puede dejando atrás a los mayores y su visión nostálgica del pasado. Un tiempo antes del Tratado de Libre Comercio (TLC) y de toda esta complicada idea que llamamos globalización que, a su entender, los ha despojado de un mejor estilo de vida.

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El problema es que Hillary mantiene una ventaja considerable en Pensilvania, gobernada por un demócrata, y en Virginia, el estado de su compañero de fórmula, Tim Kaine. Es difícil pensar en una victoria republicana en Ohio sin que el gobernador John Kasich apoye la candidatura de Trump, algo que se ha negado a hacer. Hasta ahora Clinton mantiene una ventaja mínima en Ohio.

Pero, suponiendo que el republicano logre cambiar el mapa electoral en esta región, Clinton aventaja en estados clave como Florida y Colorado. También compite en lugares donde tradicionalmente no figuran los demócratas como el caso de Arizona. Por si esto fuera poco, en bastiones republicanos del sur como Georgia donde no gana un demócrata desde 1992, Hillary va arriba en las encuestas. Es cierto, el mapa electoral ha cambiado en esta elección pero, los cambios impactan a las dos campañas y para ganar terreno, Trump necesita cuando menos conservar lo que ganó Romney en 2012.

Las minorías y la coalición Obama

La ventaja de Clinton en el mapa electoral responde en buena medida a los cambios demográficos que siguen transformando a este país. Es cierto que el voto blanco representa a la mayoría de la población pero, por primera vez las llamadas minorías alcanzan hasta un 30 por ciento del total del electorado. Una vez registrados, es un sector que históricamente participa a tasas mayores que las del resto del padrón. 99 por ciento de los afroamericanos apoya a Clinton sobre Trump y eso pone en juego algunos estados del sur. Entre los latinos, el republicano sigue lejos del 40 por ciento que necesitaría para competir en lugares donde la población de origen hispano decide quién llega a la Casa Blanca. Pero, probablemente el efecto más importante que ha tenido Trump entre este grupo de electores es convertirse en la razón por la que piensan salir a votar. Sin Trump en la boleta y con los saldos pendientes de la administración Obama (la reforma migratoria que nunca llegó y el récord en las deportaciones), los latinos difícilmente apoyarían a Clinton de la forma en la que se espera que lo hagan en noviembre.

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Ahí queda el pronóstico. Ambos candidatos enfrentan niveles de impopularidad históricamente altos pero, el rechazo a la candidatura de Trump se agudiza por el tono que ha decido mantener el candidato. La realidad es que el miércoles 9 de noviembre vamos a despertar con la cruda de un proceso electoral tan tóxico que lo único que podemos adelantar con toda certeza es que la persona que ocupará la Casa Blanca durante los próximos cuatro años hereda unos Estados Unidos divididos.

Difícil llamarle a eso una victoria.

Enrique Acevedo es un periodista mexicano. Conduce el Noticiero Univisión en la edición nocturna y es colaborador de Fusion en español.

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