Jason Grechanik

Es difícil resguardarse del sol en este campamento de guerrilleros al sur de Colombia y la bebé Manuela, acalorada, comienza a llorar.

Su padre, un guerrillero que usa el nombre de guerra Danilo Alvizu, se acerca a la cama para distraerla con un juguete. Su madre se apura a encontrar un pañal.

Después de calmar a la niña, la pareja le coloca un nuevo pañal.

“Yo ya sé como limpiarla”, dijo Danilo, un guerrillero de 27 años de edad que me invitó a visitar su campamento rebelde. “Pero la mamá es la experta en ponerle los pañales”, subrayó riéndose. Una metralleta cuelga a un lado de la cama.

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Danilo y su pareja, Sandra, son algunos de los guerrilleros de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) que se han convertido en padres ante el proceso de paz y el fin del conflicto armado en el país sudamericano.

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Los miembros de las FARC solían evitar tener hijos, y algunas personas que desertaron el grupo guerrillero afirman que los rebeldes obligaron a varias mujeres dentro de sus filas a tener abortos.

Pero ahora que el grupo guerrillero se prepara para integrarse a la vida civil los nacimientos se están disparando en los campamentos. Según las FARC, más de 130 guerrilleras tuvieron hijos el año pasado. Otras 90 se encuentran embarazadas en este momento.

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Para estas mujeres, el recién firmado acuerdo de paz con el gobierno es una oportunidad para empezar una familia y traer al mundo a una nueva generación de niños que no crecerán entre la violencia y los bombardeos.

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“Nosotros en la guerra no podíamos tener hijos”, me dijo una guerrillera que usa el seudónimo Daisy Garcia (la mayoría de los guerrilleros todavía prefieren usar sus nombres de guerra para evitar algún tipo de discriminación al reinsertarse en la vida civil).

“Si una mujer quedaba embarazada y quería tener el niño,  pues lo podían tener y darle seno por tres meses… después tenían que mandarlo para donde la familia”, explicó Daisy.

Daisy y su hijo de tres meses
Alexis

Daisy tuvo a su hijo en noviembre, el mismo mes que las FARC y el gobierno colombiano firmaron un acuerdo de paz para terminar con 52 años de guerra.

“Las condiciones ahora nos permiten cuidarlos”, dijo Daisy.

Sin embargo, criar un hijo todavía es muy difícil para los guerrilleros. En este momento, los casi 7,000 guerrilleros de las FARC están viviendo en campamentos de “transicion y normalizacion” administrados por el gobierno de Colombia. Se supone que se quedaran en estos campamentos hasta finales de mayo, tomando clases de formación laboral, regularizando su situación legal y entregando sus armas.

Pero estos campamentos han sido afectados por una serie de problemas logísticos que son un peligro para la salud de los bebés que viven ahí.

En el campamento Carmelita al sur de Colombia, casi 380 guerrilleros duermen en tiendas de acampar hechas de hules negros. Las casas que el gobierno colombiano les prometió todavía no se han construido.

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Los comandantes locales de las FARC reclaman que el gobierno no ha aportado los materiales adecuados para la construcción. Pero funcionarios del gobierno dijeron la semana pasada que la demora es culpa de algunos comandantes que han paralizado las obras, ya que están insatisfechos con algunos planes de construcción.

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Mientras tanto, la lluvia tropical ha transformado una buena parte del campamento en un lodazal, con charcos de agua que facilitan la reproducción de zancudos peligrosos.

“Las condiciones no son ideales”, dijo Danilo mientras jugaba con su niña. “Hemos tenido que darle sueros para hidratar a mi hija porque el agua por acá está muy contaminada”.

Danilo, un guerrillero de las FARC y su hija Manuela.
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Su vecina en el campamento, Yerlis Suarez, trataba de acurrucar a su bebé Dayner. “Está aprendiendo cómo gatear, pero no hay donde se mueva”, me dijo. “Estamos rodeados de barro y no es bueno que los niños anden gateando por ahí, entonces necesitamos por lo menos unas cunas”.

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La condición de los campamentos es una de las complicaciones más graves que se han suscitado tras el acuerdo de paz.

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Los líderes de las FARC le han pedido al gobierno en varias ocasiones que mejoren las condiciones, pero los funcionarios del gobierno dicen que algunos comandantes guerrilleros han detenido el progreso en varios campamentos.

Martin Corena, el comandante para el frente sur de las FARC, dice que las malas condiciones de su campamento han desmoralizado a sus tropas. Algunos guerrilleros incluso están cuestionando la decisión de firmar el acuerdo con el gobierno.

“Hace más calor acá que en nuestros campamentos en la selva”, me dijo Corena. “Estos parecen más campamentos de refugiados que campamentos de paz”.

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El gobierno ha dicho que la construcción ha sido detenida en algunos campamentos porque los comandantes de ciertos frentes han pedido a los contratistas que les traigan mejores materiales. En un campamento al oeste de Colombia, funcionarios del gobierno aseguran que la construcción fue suspendida porque unos comandantes locales exigieron dos canchas deportivas, cuartos con aire acondicionado y tazas de baño hechas de porcelana.

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“Algunos comandantes están pidiendo cosas que van más allá de lo que habíamos acordado en enero… y están haciendo solicitudes que no tienen sentido para campamentos temporales”, dijo Cárlos Córdoba, gerente de los campamentos de transición y normalizacion.

Los comandantes de las FARC niegan que su organización esté deteniendo el progreso en los campamentos. Le echan la culpa al gobierno por la demora, afirmando que los contratistas encargados de construir los campamentos, están trabajando con contratos “mal hechos” donde el dinero no se les desembolsa a tiempo.

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Danilo dice que su campamento y el acuerdo de paz en Colombia tienen algo en común: ambos siguen en construcción.

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“De verdad no podemos decir que el acuerdo de paz se ha implementado si ven las condiciones en las que vivimos”, dijo Danilo. “Pero esta es como la puerta de entrada a la paz… mi hija es muy afortunada de que no nació bajo bombas y tiroteos”.

Manuel Rueda is a correspondent for Fusion, covering Mexico and South America. He travels from donkey festivals, to salsa clubs to steamy places with cartel activity.