El Cristo negro en la Catedral Metropolitana de la Ciudad de México. Foto de Edgar Reyna.

La Ciudad de México está llena de leyendas y mitos. Sin embargo, pocos conocen la historia del Cristo negro, un crucifijo que se encuentra dentro de la imponente Catedral Metropolitana en el corazón del Centro Histórico.

La figura de madera negra salta a la vista en un país católico con la imagen grabada del hijo de dios como un güerito de tez blanca y rasgos europeos.

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Se dice que el crucifijo tiene su origen en el sincretismo de la cultura española y azteca. Los antiguos mexicas solían asociar el color negro con Tezcatlipoca, el dios del cielo y la tierra. Algunos sugieren que el color fue usado por los españoles para que los nativos pudieran asociar de manera más fácil la divinidad con Jesucristo durante la evangelización.

Sin embargo, hay otras versiones que afirman que la figura tiene que ver más con un supuesto milagro que cambió el color del crucifijo, ganándole así el apodo “Señor del Veneno”.

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Dice la leyenda que el crucifijo era blanco cuando arribó a México en un barco español durante la conquista. Sin embargo, su color cambió gradualmente cuando la figura salvó la vida de un creyente, explica el historiador Artemio del Valle Arizpe en su libro Tradiciones y Leyendas de las calles de México.

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En la época colonial cuando México era la Nueva España, existía un hombre llamado Don Fermín Adueza que era rico, virtuoso y se llevaba bien con todos. Iba a la iglesia todas las mañanas a rezar ante el Cristo. Sin embargo, su sencillez y la buena vida que llevaba provocó envidias. Ismael Treviño, otro hombre rico carcomido por los celos, decidió un día obsequiarle un pastel con veneno.

El buen Fermín se lo comió sin pensarlo dos veces. El pobre hombre no llegó a sentir los síntomas pero estaba destinado a morir. Rezó esa mañana ante el Cristo como de costumbre y le besó los pies en un acto de reverencia. Se dio cuenta que sus labios habían manchado la base de la figura y eventualmente todo el Cristo se tornó negro – es decir, absorbió el veneno para que Don Fermín pudiera vivir.

Es un hermoso cuento que habla sobre el sacrificio, uno de los temas más recurrentes de la Biblia. Sin embargo, puede que haya una explicación más realista.

Es muy probable que la Iglesia Católica haya transformado el crucifijo para atraer a los indígenas durante la conquista y la época colonial. La Virgen de Guadalupe es exactamente eso, un símbolo católico que incorpora y refleja lo mexicano.

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A fin de cuentas las historias de Don Fermín y Juan Diego tienen un mismo propósito: convertir a los mexicanos en creyentes.

El Señor del Veneno parece ser otro vestigio de la transición hacia una cultura hegemónica que reproduce la identidad indígena en favor de una sociedad dominada por hombres blancos.

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Ahora el Cristo permanece en la Catedral quizá como un truco de la iglesia para ganarse a aquellos adeptos que no simpatizaban con un dios de ojos azules.