@realDonaldTrump

Todos -OK, casi todos- vivimos en la jungla. Entre atrapados y encarcelados a voluntad. Algo así como un pájaro en una jaula abierta pero que no se atreve a escapar. La jungla es Twitter y Facebook y ese conglomerado de cables e ideas que llamamos internet.

Primero una confesión. Yo estoy metido en la jungla desde enero del 2010 cuando lancé mi primer tuit. Desde entonces he enviado 18 mil más. Me da un poco de pena hacer las sumas porque las restas son muy dolorosas. He perdido meses de mi vida leyendo cosas que no valen la pena y me he desvelado mil veces con un aburrido dedo bailarín sobre la pantalla de mi celular. Además, claro, de escribir un par de burradas.

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Todo solo. Las redes sociales son la mejor manera de acercarse a los que están lejos a costa de alejarse de los que estás cerca.

A Facebook entré más tarde. Solo para cuestiones del trabajo. Unos minutos en Facebook Live son mucho más baratos que un satélite de televisión y pueden llegar a millones.

Pero no le he abierto a Facebook la puerta de mi casa. Entiendo y respeto a los que quieren compartir su vida privada. Aunque no sé qué tan privada es una vida cuando se comparte con los amigos de los amigos de mis amigos.

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Facebook, Twitter, Instagram y otras redes sociales son armas poderosísimas para comunicar un mensaje. Casi todos los días mis compañeros en Univision y yo nos hacemos la pregunta de los tres millones de ojos. ¿Esperamos al noticiero de televisión de la noche dar a conocer una noticia o la sacamos inmediatamente a través de la internet?

El nuevo poder es digital. Y Donald Trump lo sabe. “Los medios de comunicación odian cuando utilizo mis redes sociales con más de 100 millones de seguidores”, escribió hace poco el presidente en un tuit. “Me los puedo saltar a todos”. Así lo hizo cuando tuiteó un video en que aparece como luchador golpeando a la cadena CNN.

¿Puso Twitter a Donald Trump en la Casa Blanca? Muy posiblemente. “El rol de Twitter (en la elección) es algo muy malo”, comentó el mismísimo fundador de Twitter, Evan Williams al diario The New York Times. “Si es cierto que él (Trump) no hubiera sido presidente sin Twitter entonces, sí, de verdad, lo siento”.

Creo que estamos un poco tarde para disculpas. Twitter y los otros pajaritos de la internet son muy buenos para comunicar nuevos mensajes y para abrir mercados pero son muy malos cuando se trata de destruir personas. Es como angry birds tamaño King Kong.

El 40 por ciento de los usuarios de la internet dice haber sido víctimas de algún tipo de hostigamiento, según un estudio del Pew Research Center. Y ese porcentaje sube peligrosamente al 65 por ciento entre internautas más jóvenes (de 18 a 24 años de edad). Que levante la mano a quien no le han dado un zape en las redes sociales.

Cada vez que escribo algo criticando a Trump y Peña Nieto o defendiendo a los inmigrantes me llega una avalancha de odio. No tengo problema con los que piensan distinto a mí. La comunicación es de ida y vuelta y por eso suelo aceptar entrevistas en FoxNews para debatir temas complicados. Pero una parte de los comentarios suelen estar cargados de insultos, frases racistas y amenazas.

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Quizás lo grave es que ya nos hemos acostumbrado a que la internet es una selva, con sus monstruos, y que ahí cualquier cosa puede ocurrir. Además de ser una lona de lucha libre planetaria -con escupitajos, mocos y golpes bajos- es un repositorio de las mentiras más sofisticadas.

Es el reino de Fake News. No, el Papa jamás apoyó la candidatura de Trump. “Nunca digo ni una palabra sobre las campañas electorales”, tuvo que aclarar Jorge Bergoglio días antes de las votaciones en Estados Unidos. Sí, era una gigantesca mentira -mal inspirada por Trump y propagada durante años- el decir que Barack Obama había nacido en Africa y no en Hawaii.

La internet es la jungla. Es ahí donde casi todos, de alguna manera, sobrevivimos. Nadie nos obliga. Es quizás uno de esos actos de auto sabotaje, medio inconsciente, parte masoquismo. Pero por mil razones no nos atrevemos a dejarla.

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Me encanta hablar de esto con mi mamá, que hace rato pasó de los ochenta y que vive alegre e intensamente sin internet. “Ay mijito”, me dice, “yo de esas cosas ni entiendo”. Yo tampoco, mamá. Yo tampoco.