Cortesía Carrera Drag de la CDMX. Foto de Mario Aragon.

CIUDAD DE MÉXICO — El telón plateado se abre en el Teatro Garibaldi, uno de los bares gays más grandes y famosos de la capital mexicana. Paris Bang Bang, una drag queen con pelo rubio largo y liso, toma el micrófono y ameniza la Carrera Drag de la CDMX, una competencia de 10 semanas para coronar una reina.

Son las dos de la mañana y el bar está a retacar. Olor a sudor y cerveza. La anfitriona presenta a las cuatro finalistas: Reina Anastasia en un vestido rosa de peplo, Lennox Gyarada en en vestido de lentejuelas rosadas, Eva Blunt en una blusa con falda negra y apretada, y Kobra en una capa negra. Los espectadores truenan los dedos y corean el nombre de su reina favorita.

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Las divas bailan al ritmo de Madonna, Jennifer López, Beyonce, Bomba Estéreo, y otros exitos en inglés y español. Se pavonean en el escenario y algunas se arrancan el vestido. El público ríe, grita, aplaude y arroja billetes.

“Drag es un canal de expresión”, me dice Rulo Montesquieu, uno de los organizadores de la competencia que culminó el 23 de junio en la madrugada. “Este es un concurso que te permite ser quién eres sin ser juzgado, sin ningún tipo de tabú”.

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La cultura drag puede ser malentendida, me dice Montesquieu. Algunas personas asocian a las drags con prostitutas. Algunos piensan que son hombres que quieren ser mujeres.

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“Hay una polémica muy grande. Sin embargo, es más bien una expresión artística como tal”, subraya Montesquieu. A fin de cuentas, una drag queen es un personaje que exuda la hiper-feminidad y el show business.

“[Ser drag] es como una cosa interna, una necesidad de explotar habilidades. Es una necesidad artística”, me dijo Kobra, la ganadora de la noche.

Kobra fue la única finalista mujer en la competencia y se llevó el trofeo.

Kobra, la nueva reina. Foto de Mario Aragon.

“Drag es la manera de expresión escénica más versátil que conozco hasta ahora”, me cuenta Reina Anastasia, otra de las finalistas. “Justo porque tienes esta libertad de interpretar el papel que quieras, el estilo que quieras, las referencias que tu quieras. Por eso me gustó. Es una manera muy libre de mostrarte artísticamente”.

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Por décadas la cultura drag ha permanecido en las sombras. En 1990, el documental Paris is Burning mostró la subcultura y las competencias drag entre latinos y afroamericanos en el Nueva York de los 1980s. Pero no todo era una gran fiesta. La comunidad se enfrentaba a la pobreza, la discriminación y la epidemia de SIDA.

En 2009 las competencias se convirtieron en algo mainstream, al menos en Estados Unidos, gracias al reality show RuPaul’s Drag Race en donde nueve drag queens compiten por ser la más perra. El programa ha inspirado a varios miembros de la comunidad mexicana. “Vi RuPaul y dije ‘Wow, está increíble. Es mucha creatividad’”, me dice Kobra.

La Carrera Drag de la CDMX ahora se ha convertido en un evento para todos. Es una celebración del orgullo LGBT+ y un espacio para desinhibirse.

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“La Carrera Drag en la CDMX es la plataforma de drag más importante en este momento en el país”, asegura Reina Anastacia. “Es la que más audiencia tiene y más proyección”.

Reina Anastacia. Foto de Mario Aragon.

La carrera comenzó hace cinco años como una respuesta a la falta de reconocimiento para las drag queens en México. El primer concurso sólo contó con ocho participantes. Pero fue creciendo poco a poco. En esta temporada hubo 40 drag queens de las cuales 13 llegaron a presentarse en el teatro para las rondas finales.

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Sin embargo, el evento no se trata solamente de coronar una reina sino de promover la diversidad, el arte, la tolerancia y la libertad de expresión. A fin de cuentas es una celebración que logra atraer a personas fuera de la comunidad LGBT+ y ganar corazones y mentes.

“Es muy importante que el público en general se de cuenta de hay mucho talento aquí y que no somos simplemente hombres tratando de parecer mujeres nada más porque sí. Sino que hay una voz que se trata de expresar”, me dice Reina Anastasia.

“Es como una labor social en la cual demostramos que el talento puede más que cualquier prejuicio”, concluye Montesquieu.