Silva Hassan Namo. Foto cortesía Proyecto Habesha.

Silva Hassan Namo, una estudiante siria de 22 años, pasó cinco años sobreviviendo en un campo de refugiados en la violenta Irak. Ahora lleva una vida relativamente tranquila en la ciudad de Aguascalientes, su segunda casa.

“Yo era una estudiante normal. Iba a la escuela, regresaba a casa, participaba en actividades y pasaba el rato con mis amigos”, me dijo Hassan Namo en entrevista vía Skype. “Entonces todo cambió”.

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En 2011 una guerra civil estalló en siria entre el régimen del Presidente Bashar al-Assad y una insurgencia de rebeldes. Eventualmente grupos terroristas como el Estado Islámico se aprovecharon del conflicto y se establecieron en territorio sirio. Estados Unidos apoyó a los rebeldes y Rusia al régimen para proteger sus intereses.

El conflicto ha desplazado a más de 5 millones de sirios fuera del país, según las estadísticas de la Agencia de las Naciones Unidas para los Refugiados. Muchos son jóvenes – se les conoce como “la generación perdida”. La ONG Instituto de Educación Internacional calcula que la guerra ha interrumpido los estudios universitarios de entre 100 mil y 200 mil sirios. Es una generación que eventualmente tendrá que volver a reconstruir su país o permanecer en el exilio.

México – un país con su propia problemática de violencia, maltrato a los migrantes y desplazados – le ha abierto las puertas a los jóvenes sirios. Gracias al programa Proyecto Habesha, 10 estudiantes sirios, incluyendo Hassan Namo, han podido resumir sus estudios académicos en nuestro país. Se tiene previsto que lleguen otros 20.

Refugiados sirios son rescatados cerca de la costa de Grecia. Foto de AP.

El esfuerzo es diminuto en comparación al de otros países. Se dice que Alemania ha aceptado a más de un millón de refugiados. Turquía se ha convertido en el país con la población más grande: 3 de los 3.4 millones refugiados que viven ahí son de Siria. Estados Unidos ha aceptado al menos 18 mil sirios. Brasil, por su parte, ha aceptado a más de 2,200 refugiados.

Sin embargo, los pocos sirios que ahora viven en México están muy agradecidos.

“Me encanta estudiar. Cuando perdí la oportunidad de estudiar, me sentí que no estaba viva porque no tenía nada”, me dijo Hassan Namo. “No sabía como sería el día siguiente y mi futuro no estaba claro. Me sentí perdida. Cuando descubrí este proyecto [en México], no lo podía creer. Es como un milagro”.

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Hassan Namo creció en Derik, un pueblo al noreste de Siria cerca de la frontera con Irak. Vivía con sus padres, cuatro hermanas y tres hermanos. Estuvieron a salvo por un tiempo. Pero en 2013, el ejército sirio y los rebeldes desataron una balacera afuera de su hogar y la familia decidió huir de una vez por todas.

En el campo de refugiados, la joven trabajó para la ONG ACTED distribuyendo agua y comida. A través de la organización, se enteró que el Proyecto Habesha ofrecía 30 becas para estudiar en México y Costa Rica. Fue su salida.

Silva Hassan Namo (izquierda) se está acostumbrando a su nueva vida en México. Foto cortesía Proyecto Habesha.

Proyecto Habesha seleccionó a Hassan Namo y empezó a tramitar su traslado a México. Después de un largo viaje desde Irak pasando por Irán, Rusia y Cuba, la joven llegó a tierras aztecas en marzo de 2017.

“Cuando llegué al aeropuerto, sentí una paz interior porque me dijeron este es tu hogar”, recuerda Hassan Namo. Fue un sentimiento que la joven no había experimentado en mucho tiempo. Me dice que México no es la imagen que tenía antes de “un país de delincuentes”.

“Todo lo que dice la gente no siempre es verdad”, opina. “Mis padres me dijeron, ‘Estamos preocupados por ti, pero vas a ir a estudiar y a reconstruir tu futuro’. Cuando llegué les conté acerca de mi experiencia y se calmaron”.

En Aguascalientes, Hassan Namo toma cursos intensivos de español junto con otros refugiados. Una vez que pase el examen podrá solicitar a la universidad. Quiere estudiar odontología en Mérida.

Hassan Namo y otro estudiante sirio del Proyecto Habesha. Foto cortesía Proyecto Habesha.

Ha sido un reto volver a los estudios después de cinco años de estar en un limbo. Adaptarse a un nuevo país y a una nueva cultura es quizá lo más difícil. Por ahora se está acostumbrando a la comida picante, y dice que le encantan las tortas y la música de mariachi.

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Me platica que se siente aceptada en México. Su hijab ha provocado algunas miradas y preguntas, pero la joven describe a los mexicanos como muy curiosos.

“México es el país que me ha abierto sus brazos para aceptarme y quiero devolver el favor”, subraya.

“Nadie sabe el destino de la guerra en Siria, pero cuando termine mis estudios me gustaría crear un programa para las personas en México que no han tenido la oportunidad de estudiar”, explica. “Después quiero regresar a Siria para ayudar porque ahí nos necesitan. Somos treinta personas pero podríamos tener un impacto”.

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“Era una decisión horrible [dejar a mi familia para estudiar]”, me dijo. “Pero quiero obligarme a terminar mis estudios, porque sin educación no puedo ayudar a mi familia ni a otras personas”.