Victor Abarca/FUSION

Primero vinieron por Univisión. Luego vinieron por The Washington Post. Luego vinieron por CNN…

Me puse a pensar en esta variante del famoso poema del Holocausto después de haber visto a Donald Trump callar a Jim Acosta, de CNN, durante la conferencia de prensa unos días antes de asumir la presidencia de Estados Unidos.

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No existe precedente para esto. El presidente electo de Estados Unidos ignoró a un reportero que lo cuestionaba sobre Rusia y tachó a la cadena de televisión CNN de ser fake news. Sin embargo, el comportamiento de Trump sí tiene varios precedentes. Su tendencia a cerrarle la puerta a periodistas que no le gustan no ha tenido contrapeso y por eso puede seguir haciéndolo. Pero esta desviación de las prácticas tradicionales ha dicho más sobre la prensa que sobre Trump.

Los periodistas en países en desarrollo siempre hemos visto a la prensa de Estados Unidos como modelo, no sólo por su independencia que le ha permitido derrocar a los poderosos, sino también por la forma en que los reporteros y los editores se organizan para formar redes de apoyo. Los periodistas estadounidenses gozan de una sopa de letras de organizaciones que promueven una agenda común: CPJ, ASNE, IRE, NAHJ, NABJ, etc.

Hemos aprendido mucho de la solidaridad en los medios estadounidenses. Ahora es un buen momento para que los periodistas de ese país aprendan de lo que le han enseñado a sus colegas en el extranjero. Porque ese sentido de solidaridad y apoyo es lo único que los va a proteger de un depredador presidencial.

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A veces parece que la solidaridad ha brillado por su ausencia en el último año y medio en que Trump ha estado bajo los reflectores. No estuvo ahí para Univisión cuando Trump echó al periodista Jorge Ramos de una conferencia de prensa en Iowa.

Un comentario recurrente después de ese episodio fue que ningún otro reportero se había enfrentado a Trump por haber corrido a un colega.

Un periodista recordó un incidente similar que le sucedió al cubrir una campaña en Luisiana: fue echado de una conferencia de prensa por uno de los candidatos, pero el resto de los reporteros abandonó la sala como muestra de solidaridad. Años después, en la conferencia de Trump, los otros reporteros permanecieron sentados, ignorando la expulsión, y algunos periodistas incluso criticaron a Ramos por no comportarse.

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Claro que esta crítica ignora un punto central: si Jorge Ramos hubiera esperado a que le dieran su turno para hablar, tendría la mano levantada hasta el día de hoy. Haber normalizado el comportamiento de Trump le permitió ser más audaz y, después de ganar la candidatura republicana, revocarle las acreditaciones a medios como el Washington Post por no gustarle su cobertura.

Y a pesar de que se criticó el berrinche de Trump como algo contrario a la norma democrática, eventualmente se nos olvidó y el magnate continuó su camino. Ignoró el tradicional “pool” de prensa y su equipo comenzó a planear cómo cambiar la cobertura de la Casa Blanca.

Así que no fue sorpresa que hace un par de semanas hubiera callado a Acosta durante su primera conferencia como presidente electo. A pesar de que Acosta reconoció en Twitter que Cecilia Vega, de ABC News, hizo la pregunta que él quería hacer sobre los contactos de Trump en Rusia, no está claro si Vega tenía la intención de hacerla desde un principio o si la retomó en solidaridad con Acosta.

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Los periodistas que cubrieron a Trump perdieron una oportunidad para enfrentarlo. Quizá esto permitió al presidente y su equipo ser más descarados después de la toma de posesión, desplegando tácticas completamente ajenas al público estadounidense, aunque muy familiares en otros países.

Como periodista en México, he visto de primera mano algunos de los primeros tratos que la Casa Blanca de Trump tuvo con la prensa, como llevar a simpatizantes (el clásico “acarreo”) a la sede de la CIA para aplaudir su discurso en el que declaró que los periodistas eran “los seres más deshonestos en la Tierra”.

O que el vocero presidencial tenga una “conferencia” y se vaya sin contestar preguntas después de haber mentido. O el ordenar que las agencias del gobierno escondan información incómoda.

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Esto naturalmente cambia la cultura de tal manera que otros adoptan el nuevo modelo, como las autoridades de Washington, D.C. que presentaron cargos contra periodistas que fueron arrestados mientras cubrían las protestas durante la toma de posesión de Trump.

Al analizar los reportes sobre este caso, me sorprendió ver una declaración de Carlos Lauria, el coordinador para las Américas del Comité para la Protección de Periodistas (CPJ) que recientemente advirtió sobre un efecto de autocensura en las coberturas. Las declaraciones de Lauria las conozco muy bien, muchas veces le han ayudado a mí y a otros colegas en América Latina a ganar apoyo para enfrentar ataques del gobierno o criminales. Sólo que nunca esperé verlas aplicadas a periodistas en Estados Unidos.

Los reporteros y editores estadounidenses pueden fijarse en otros países y aprender de muchos ejemplos que ellos mismos han enseñado.

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Fueron los periodistas de Estados Unidos los que concibieron la idea de retomar un proyecto de investigación que había sido censurado. Ocurrió en 1976 cuando la organización Investigative Reporters and Editors, apenas meses después de haber sido fundada, lanzó el Proyecto Arizona en honor de Don Bolles, un periodista asesinado en un atentado coche-bomba cuando investigaba la corrupción política en ese estado.

IRE llamó a reporteros a Phoenix para completar la investigación de Bolles y asegurarse de que no fuera sepultada.

Este ejemplo ha llevado a periodistas en otros países a completar investigaciones inconclusas por periodistas que fueron asesinados o censurados mediante otros métodos. Hay un ejemplo reciente en Guatemala, donde varios medios digitales se unieron para dar seguimiento a las investigaciones de un periodista asesinado.

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Fueron periodistas estadounidenses los que formaron una organización para promover mejores prácticas periodísticas alrededor del mundo. El Centro Internacional para Periodistas (ICFJ) ha promovido redes que investigan la corrupción en América Latina, Medio Oriente y Europa del Este.

Como Knight Fellow, trabajé con ICFJ en temas de protección y seguridad de periodistas en México.

Fueron periodistas de Estados Unidos los que formaron un grupo para ayudar a colegas en el extranjero que enfrentan riesgos por su trabajo. Una de las primeras acciones del CPJ fue ayudar a tres reporteros arrestados en Argentina cuando cubrían la Guerra de las Malvinas. Años después, uno de sus representantes fue invaluable para ayudar a periodistas mexicanos (me incluyo entre ellos) a enfrentar la violencia desatada por los cárteles del narcotráfico.

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Hasta hace unas semanas, el CPJ no era conocido más allá de círculos de periodistas y otros conectados con este oficio. Pero con su discurso en los Globos de Oro, Meryl Streep lo lanzó a la fama por una razón que era difícil de imaginar hace apenas unos meses: que organizaciones dedicadas a defender periodistas alrededor del mundo, de repente tuvieran que hacerlo en un país donde la libertad de prensa está tan protegida que el Congreso tiene prohibido hacer leyes que la restringen.

Estos ejemplos han inspirado a periodistas en América Latina, Asia, África y Medio Oriente a formar organizaciones similares basadas en la solidaridad, el apoyo entre colegas y una agenda común para combatir la censura y promover una prensa libre.

Por eso algo parecía fuera de lugar cuando en la víspera de la toma de posesión de Trump el CPJ publicó una lista de recomendaciones de seguridad para reporteros que iban a cubrir el evento. Es el tipo de advertencia que normalmente se publica para países inestables, con un historia de violencia política. No para el Estados Unidos de la civilidad democrática.

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Hemos aprendido mucho de los periodistas de Estados Unidos, de modo que si Trump se está comportando como un dictador tercermundista, la prensa norteamericana puede voltear a vernos para darse cuenta de cómo hemos aprendido a sobrevivir.

Porque después de que vengan por Univisión, The Washington Post y CNN, no dejarán a nadie excepto a Breitbart.

Fusion es una compañia de Univision.

Javier Garza Ramos es periodista en Torreón, México. Conduce el noticiero Reporte100 en Imagen Radio y escribe para El País. Es consultor de la Asociación Mundial de Periódicos y fue Knight Fellow en el Centro Internacional de Periodistas, trabajando en temas de seguridad de periodistas.