CIUDAD DEL VATICANO‚ÄĒ Todo comenz√≥ con una pregunta. Si solo tuviera 10 segundos con el Papa Francisco, ¬Ņqu√© le dir√≠a?

Los editores de las revistas Fortune y Time me invitaron a participar en el Foro Global en Roma junto con un centenar de empresarios, filántropos, académicos, sindicalistas, religiosos y periodistas de todo el mundo. El objetivo era proponer soluciones concretas a problemas muy graves -pobreza, medio ambiente, salud, migración…- y luego presentárselas en persona al Papa. Eso lo hacía irresistible.

Una entrevista con el Papa es, sin duda, una de las ambiciones de cualquier periodista. Pero, la verdad, es casi imposible. Muy pocos lo logran. Adem√°s, mis fuertes cr√≠ticas p√ļblicas a los abusos sexuales de sacerdotes contra ni√Īos y a la complicidad de la jerarqu√≠a clerical en esos cr√≠menes, pr√°cticamente me descalificaron hace a√Īos para sentarme en una entrevista con cualquier Papa. Y si a eso le sumamos mi condici√≥n de ex-cat√≥lico y agn√≥stico, las posibilidades se reducen a casi cero.

Por eso brinqué ante la oportunidad de conocer al Papa, aunque fuera solo por unos segundos.

Todo, por supuesto, comenz√≥ en el infierno. Antes de ver al Papa visitamos la Capilla Sixtina y ah√≠ pasamos por una puerta debajo del infierno que pint√≥ el artista Miguel Angel hace m√°s de 450 a√Īos. Es terror√≠fico. El sufrimiento eterno que sugiere asusta hasta al m√°s esc√©ptico.

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Tras una larga caminata por pasillos cargados de lujo, excesos e historia, llegamos a la maravillosa sala Clementina donde tendríamos una reunión íntima con el sumo pontífice. Intima, en la definición del Vaticano, implica por supuesto 400 personas.

Nunca he visto a gente tan poderosa esperar tanto tiempo por alguien. Pero cuando entró el Papa argentino al salón, vestido de blanco y sonriendo, hubo un ahhhh colectivo. El impacto fue tal que nadie se atrevió, ni siquiera, a aplaudir. Silencio absoluto. 

El Papa de casi 80 a√Īos no se siente a gusto hablando ingl√©s, el idioma del poder. As√≠ que en italiano nos pidi√≥ lo siguiente: "Rezo para que involucren en sus esfuerzos a quienes quieren ayudar; denles una voz, escuchen sus historias, aprendan de sus experiencias y comprendan sus necesidades. Vean en ellos a un hermano o hermana, a un hijo o hija, a una madre o un padre. En medio de los retos de nuestros d√≠as, vean las caras humanas en aquellos que tanto quieren ayudar." Esto se entiende en cualquier lenguaje.

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Luego llegó el momento que todos estábamos esperando. El encuentro -y la foto- con el Papa. Pero nada es fácil en el Vaticano. Todo requiere de un protocolo, de uniformes y de reglas centenarias.

El Papa Francisco se par√≥ de su enorme silla blanca, dio una decena de pasos y acompa√Īado de un ayudante personal, un encargado de protocolo y otro de seguridad, un monse√Īor, un fot√≥grafo, un camar√≥grafo y un guardia suizo a lo lejos, comenz√≥ a tomarse fotos con todos y cada uno de sus invitados.

No sé cómo pero en el tedioso ejercicio fotográfico que duró unos 20 minutos, el Papa nunca perdió la sonrisa ni dejó de saludar de mano y establecer contacto visual con cada persona. El efecto fue inmediato. Gente emocionada, llorando; otros paralizados; los más agresivos convertidos, de pronto, en tímidos y silenciosos. "Es lo más cerca que he estado de Dios", me dijo una conmovida invitada.

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Hice la fila y lleg√≥ mi turno. El Papa todav√≠a sonre√≠a, sin aparente esfuerzo. Di un paso adelante y √©l tendi√≥ su mano. La sent√≠ firme pero acogedora. Suave. Casi peque√Īa. Busqu√© sus ojos aunque estuve tarde. El ya ten√≠a los suyos sobre m√≠. Respir√© a la mitad y solt√© lo memorizado: "Papa Francisco, no olvide a los inmigrantes que Trump quiere deportar."

Jorge Mario Bergoglio subió levemente la cabeza, abrió sus ojos un poco más y estoy seguro que oyó bien lo que le dije. Pero no dijo absolutamente nada, ante la mirada vigilante de sus asistentes. Este, supongo, no era el momento de crear un nuevo conflicto trasatlántico. Lo que sale del Vaticano siempre está pensado y repensado. La espontaneidad en la diplomacia es pecado. Escuché cinco o seis clicks del fotógrafo, con sus respectivos flashazos. Luego el Papa soltó mi mano y dirigió su mirada al siguiente de la fila. Eso fue todo.

Así fueron mis 10 segundos con el Papa.

Hay días que sabes que no se podrán repetir ni superar. Este fue uno de ellos.