TOKIO, Jap√≥n‚ÄĒ Despu√©s de tantos gritos e insultos en la campa√Īa por la presidencia de Estados Unidos, necesitaba un ant√≠doto. As√≠ que decid√≠ pasarme 10 d√≠as en uno de los pa√≠ses m√°s corteses y con mejores modales del mundo: Jap√≥n.

‚ÄčTokio, su capital, es una urbe de 13 millones de habitantes (o 30 si sumamos las zonas aleda√Īas) pero hay momentos en que, si cierras los ojos, te la puedes imaginar casi vac√≠a. El silencio es una forma de respeto de los japoneses. Los vagones de su cronom√©trico metro, generalmente repletos, no van cargados de m√ļsica ni de conversaciones en voz alta.
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Pasé mis vacaciones sin oír un claxon en las calles de Tokio. La explicación de una guía japonesa fue totalmente zen: "Siempre pensamos en lo que el otro está sintiendo". No puedo imaginarme a los taxistas y conductores en Nueva York, en la ciudad de México o en Buenos Aires con la misma actitud. Quizás es algo que comen aquí.
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Empecemos por las porciones. Mínimas, en comparación a nuestras costumbres occidentales. La obesidad que nos obsesiona en México y Estados Unidos es prácticamente inexistente aquí. Rodeados de mar, su dieta está basada en pescado y, si me permiten la observación, en un ritmo mucho más natural y lento para comer. Dicen los expertos que hay que darle tiempo al cerebro para que sepa que el estómago está lleno y aquí se lo dan.

‚ÄčLos saludos y despedidas son largos y elaborados, con caravanas a distintos √°ngulos y multitud de expresiones de disculpa y agradecimiento. Sus filas son impecables; a nadie se le ocurrir√≠a saltarse una. El honor es m√°s importante que perder la paciencia. Las reglas se cumplen. Vi calles vac√≠as con cientos de peatones esperando en las banquetas la se√Īal de caminar.
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En un cartel de la tradicional y fascinante ciudad de Kyoto, se resum√≠an as√≠ sus estrictas pr√°cticas de conducta en p√ļblico: no comer mientras caminas, no fumar, no sentarse en el piso, no tomarse selfies, no tocar a las geishas (en serio) y no tirar basura.

‚ÄčEn un centro comercial me cost√≥ trabajo encontrar un basurero. Esto tiene dos explicaciones. Una, de seguridad. Sin basureros es m√°s dif√≠cil esconder bombas en lugares p√ļblicos. Y dos, la idea de que tu basura es tuya y es tu responsabilidad llev√°rtela a casa o cargarla hasta encontrar el sitio apropiado para desecharla.
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Los ni√Īos japoneses pasan 15 o 20 minutos al final del d√≠a limpiando sus salones de clases y escuelas. Esa misma costumbre se extiende al resto de la sociedad. Vi a un empleado limpiar con esmero una mancha de chicle en la calle y al chef de sushi lavarse varias veces las manos antes de cortar milim√©tricamente su sashimi.

‚ÄčLa convivencia en Jap√≥n parece basarse en orden, tradici√≥n y limpieza. Muchos hogares japoneses tienen toilets autom√°ticos, igual que los que vi en restaurantes, aviones, trenes y hoteles. Cada vez que entraba al ba√Īo me recib√≠a el toilet con entusiasmo, levantando su tapa y ofreci√©ndome un men√ļ de opciones en cada sentada. Imag√≠nense un carwash pero para el trasero, desde lavado, secado, spray aromatizante, masaje y todo en la comodidad de un semic√≠rculo a la temperatura deseada.
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Es un verdadero trono moderno que, tambi√©n, tiene su explicaci√≥n. Ante la falta de espacio en los apartamentos japoneses, donde las separaciones de madera y papel no dan privacidad, hab√≠a que reinventar y hacer m√°s placentero ese ef√≠mero momento de privacidad en el ba√Īo.
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En sus calles Jap√≥n tiene uno de los niveles de criminalidad m√°s bajos del mundo. Sent√≠ palpitaciones cuando dos mujeres dejaban sus bolsas colgadas en la silla de un restaurante para ir al ba√Īo. Al regresar, las bolsas segu√≠an ah√≠, intactas. Jam√°s se les ocurri√≥ pensar que alguien se las robar√≠a en un lugar p√ļblico. A m√≠ s√≠.
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Claro, Japón también tiene sus problemas. La economía está casi estancada y hay una grave crisis de suicidios. Pero para los que visitamos por solo unos días, es un verdadero oasis ante los excesos y groserías de la vida moderna en otros países.
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Japón está 14 horas adelante del horario de mi casa en Miami y me he pasado una buena de parte del viaje como en la película Lost In Translation: peleando con el jetlag, despertando en la madrugada y bostezando de día, Pero, sobre todo, sorprendiéndome de las maravillas que provoca la cortesía japonesa. Algo mágico ocurre cuando las cosas funcionan y el respeto impera.
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Es, sin duda, el antídoto que necesitaba. A ver cuánto me dura.
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