Enero 2014. Un ni√Īo le ayuda a su padre a organizar las armas de un grupo de auto-defensa en Michoac√°n. AP.

México y Venezuela son dos países a los que quiero mucho. Pero me duele enormemente ver lo que están viviendo. Es casi la guerra.

México es un país maravilloso. Amoroso -es muy difícil sentirse solo ahí-, solidario, lleno de colores y de humor, muy privilegiado cultural y geográficamente. Oye, y qué rico se come. Pero hay tantos muertos que el Institute for Strategic Studies lo declaró el segundo país más peligroso del mundo. A pesar del pataleo oficial, en el 2016 solo en Siria murieron violentamente más personas que en México.

Las cuentas son mortales. Con Enrique Pe√Īa Nieto ya pasamos los 79 mil muertos en menos de cinco a√Īos. Es dif√≠cil encontrar a una familia mexicana que no haya sufrido recientemente un crimen en carne propia. Basta preguntar sin mucho af√°n para escuchar un anecdotario del horror y del sadismo.

De los √ļltimos d√≠as se me han quedado grabadas dos im√°genes: una, la del sombrero ensangrentado del periodista, Javier Valdez, asesinado en Culiac√°n, Sinaloa, y la otra, la de un soldado mexicano ejecutando con un disparo en la cabeza a un civil ca√≠do en una calle de Palmarito, Puebla. Las dos im√°genes son igualmente brutales.

Pero el problema es que los mexicanos nos hemos acostumbrado a lo brutal. Y al aceptar lo brutal como normal hemos perdido el sentido de urgencia y la necesidad de justicia. La muerte ronda tan frecuentemente que se ha hecho compa√Īera.

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Lo que antes indignaba ‚Äďla desaparici√≥n de 43 estudiantes de Ayotzinapa o las masacres de Tlatlaya y Nochixtl√°n- de pronto es parte de una larga lista de cr√≠menes impunes. Hay tantos Ayotzinapas pasando en M√©xico cada mes ‚Äďj√≥venes que desaparecen del mapa sin ninguna pista- que nos hemos vuelto insensibles a la tragedia de madres y padres buscando desesperadamente a sus hijos e hijas.

Y lo peor es que nadie espera nada -¬°nada!- del presidente Pe√Īa Nieto. Que levante la mano el que conf√≠a en un cambio de rumbo y que las cosas van a mejorar antes que se vaya el primero de diciembre del 2018. Exacto. No veo manos arriba.

Mientras México está marcado por la casi inevitable rutina de la muerte, como en un cuento de Juan Rulfo, en Venezuela las calles siguen llenas de esperanza de cambio… y de gases lacrimógenos de la Guardia Nacional Bolivariana.

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Venezuela es tan hermosa que Cristobal Colón, en su tercer viaje, creyó que se acercaba al paraíso terrenal. Ese es el mismo territorio que hoy se desmorona.

Desde que Nicolás Maduro se quitó la máscara de demócrata y ordenó la disolución de la Asamblea nacional, las calles de Caracas y de las principales ciudades de Venezuela se han convertido en un campo de batalla. Literalmente.

La estrategia es clara: la oposición toma las calles hasta que caiga Maduro o acepte un plan de salida; el gobierno reprime hasta que los opositores no aguanten más.

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El prisionero pol√≠tico, Leopoldo L√≥pez, tiene como grito de guerra la frase: ‚Äúel que se cansa, pierde‚ÄĚ. La oposici√≥n ha tomado ese grito como un rezo y no han cedido las calles. Pero el costo es alt√≠simo: m√°s de cuarenta muertos, en su mayor√≠a j√≥venes que deber√≠an estar estudiando, viajando, bailando y descubriendo la vida, no la muerte.

Dos im√°genes de Venezuela me quitan el sue√Īo. Una es la de un guardia que dispara a quemarropa un tubo de gas lacrim√≥geno al pecho de uno de los manifestantes. El chico se levanta aturdido, herido de muerte y da unos pasos antes de caer. Otra es la de Maduro bailando en un televisor mientras la c√°mara panea para ver la represi√≥n oficial en la calle, como Ner√≥n en el incendio de Roma.

Tras casi 18 a√Īos de gobiernos autoritarios y, ahora, de una clara dictadura, los venezolanos no aguantan m√°s. En parte es la hambruna y la falta de medicinas hasta en los hospitales. En parte es que han salido casi todos los que se pudieron ir y los que se quedaron no tienen a d√≥nde ir m√°s que hacia delante. Y en parte es que hasta los mismos chavistas se han desencantado del sistema que ellos crearon.

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Tantas veces hemos creído, equivocadamente, que Venezuela va a cambiar que no quiero ilusionarme demasiado. Pero cuando vi que un grupo de jóvenes hacían retroceder a una tanqueta del régimen, pensé: ya perdieron el miedo en Venezuela, se acabó Maduro.

No, Venezuela y México no están en guerra. Pero casi.